En los tiempos de
Twitter y de las “redes sociales”, hablar de la Web 2.0 parece que atrasa. Hoy los “nombres sagrados” de la Web son:
hacer, aprender haciendo, conocimiento ligado a la acción, y sobre todo inteligencia colectiva o producción entre pares. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué camino recorrimos desde aquella conferencia celebrada casi a fines del 2004 en la que
Tim O'Reilly habló por primera vez de la Web 2.0?
La historia de las nuevas tecnologías, como la de toda tecnología, es la historia de los usos que se hacen de ellas, las creencias y los deseos colectivos que encarnan, así como también de las palabras, las imágenes, y los gestos que las acompañan, como demuestra
Daniel Cabrera en su trabajo titulado
Lo tecnológico y lo imaginario. La breve historia de la Web 2.0 tiene sus mitos fundacionales, sus relatos y sus metáforas.
Una de las metáforas que está en el origen de los blogs es la de “conversación colectiva”. Existen más de 70 millones de blogs en el mundo e innumerables textos que empezaron siendo comentarios o notas al pie en otros blogs y que luego tomaron el cuerpo del texto. En ellos se mezclan, se cruzan, se retoman, se solapan conversaciones sobre los más diversos temas: periodísticos, políticos, educativos. ¿Cómo hacer una cartografía de estas conversaciones? Ni Technorati ni ningún ranking puede medirlo, por cierto.
Porque si algo plantea este escenario es la
necesidad de complejizar nuestros modelos sobre el modo en el que se organiza la producción cultural. Según
Henry Jenkins, el caso paradigmático de los “medios participativos” no es tanto el de los blogs como el de
YouTube, donde el contenido producido por los usuarios obtiene una visibilidad sin precedentes y
las comunidades dejan de operar sólo como canales de distribución para convertirse en fuentes de creación cultural.
Los nuevos medios surgen como nuevos elementos en un sistema y, en el mejor de los casos, llevan a redefinir algunos aspectos de los medios masivos pero de ningún modo los extinguen. Como observa
Howard Rheingold, surge una “cultura de la convergencia”, en la cual conviven distintas lógicas de funcionamiento de los medios –unas más jerárquicas y verticalistas, y otras más participativas- en el marco de
una ecología de culturas de los medios que se vuelve más compleja.
Qué hizo la televisión con la gente. Qué hace la gente con YouTube
Lo viejo y lo nuevo también se entrecruzan en esta “cultura de la convergencia”, y es tan erróneo mirar todo desde el prisma de la innovación como reducirlo a más de lo mismo y ya conocido. Los “medios participativos” actualizan la vieja pregunta de qué hace la gente con la televisión, pero despliegan un abanico de posibilidades mucho más amplio ya que las
nuevas formas de post-producción, apropiación y agregación de los productos mediáticos son infinitas.
Los
sistemas de tagging social o de etiquetado colaborativo de la información, en los que se basan aplicaciones como
del.icio.us y
Flickr, y la sindicación de contenidos por RSS asociada a los blogs, son una parte fundamental de la lógica de funcionamiento de los nuevos medios, centrada en los usuarios y en sus comunidades. Podríamos incluir bajo esta misma lógica otras herramientas como
Feevy y
Twitter, que operan también como
indicadores de lo que vendrá:
movilidad y ubicuidad de los nuevos dispositivos de comunicación, conexión permanente y “redes sociales”.
El uso de estas herramientas se encamina así hacia un
nuevo modelo basado en agregar, distribuir y compartir. Más aún, como señalaba
Howard Reinhold en su trabajo sobre las multitudes inteligentes:
"el profundo potencial transformador de la conexión entre las tendencias sociales de la humanidad y la eficacia de las tecnologías de la información radica en la posibilidad de hacer nuevas cosas juntos, de cooperar en escalas y modos que antes no eran posibles".
¿Surgirán nuevas formas de reflexividad a partir del uso de estos nuevo medios? En este nuevo orden de la información, de la velocidad y la inmanencia, surge también la pregunta por los modos en que se modifican nuestras formas de pensar y de conocer, ya no
a pesar de todo ello sino
con ello. Esta
nueva reflexividad se vuelve comunicacional, dialógica, y pone en el centro de atención a la producción entre pares. Aparece ante todo como
un tipo de “saber” inseparable del “hacer”.